En puntas de pie

La hermana mayor se puso en puntas de pie para asomarse a la baranda de la cuna.

La miró. Era perfecta, rosada y redondita.

En cuanto le permitieron alzarla, le olfateó el cuello. Quería saber cómo había sido eso de estar allá nueve
meses, porque ella se había olvidado.

Antes de dejarla otra vez entre las sábanas sujetando la cabeza por la nuca con un movimiento seguro, (de
mujer, de madre) le dio un mordisquito en la mejilla, suave, casi una caricia.

Al día siguiente comenzó por morderle una uña, así como ella se mordía las propias. Y tragó el pedacito.

Antes del mediodía la había devorado entera.

De la hermanita sólo quedaron algunos pelitos oscuros sobre la almohada y un oso de peluche mojado en
babas.

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